Junior Radal

En Honor al noble árbol de muy bella madera y que tenemos la suerte de tener en la Hostería especímenes muy añosos

- Habitación en planta baja, con ventanal de doble vidrio con vista al jardín y bosque de la Hostería.

- Baño con pie de ducha.

- Mullidas Toallas de 650 gramos línea hotelera.

- Una cama Queen con colchón de resortes individuales La Cardeuse línea hotelera.

- Suaves Sabanas de Percal Americano 180 hilos. Frazadas Americanas Oregon.

- Todo el blanco es de la misma calidad de un Hotel 5 estrellas.

- Calefacción central por radiadores de agua caliente en habitación y baño.

- Decoración Patagónica con maderas de nativas, trabajadas artesanalmente: Ciprés – Roble Pellín – Radal – etc.

Historia Del Radal y La Mutisia

Cuando era yo muy niño, solía mi abuelo paterno juntar a todos sus nietos para transmitirnos, en forma de cuentos, las tradiciones orales de nuestro pueblo.
Así, una noche de comienzos de un otoño, junto a la hoguera que ya comenzaba a hacer falta para permanecer a la intemperie después de ida la luz, nos contó esta historia, que según nos dijo, le había sido a su vez transmitida por el padre de su padre.
“Hace mucho, pero mucho tiempo, hubo un amor imposible entre el rústico Nahuelcura y la bella princesa Millaray. Ella era hija del lonco, y por eso le estaba vedada la relación con ese hombre de baja alcurnia, de padre desconocido y madre repudiada por sus reiteradas inconductas.
Muchas veces, dado que la comunidad no era muy grande, se cruzaban. Él la admiraba profundamente y se complacía en ver ondear sus caderas y florecer sus pechos desde que había comenzado a ser mujer. Cada vez que la veía, su alma soñaba dulzuras, su corazón pedía salir del pecho galopando y su rostro delataba sus sentimientos.
A ella no le disgustaba en absoluto Nahuelcura. Se trataba de un joven apuesto, muy bien formado físicamente, simpático y líder entre sus amigos a pesar del repudio social que lo afectaba causado por su madre. Serio, valiente y arrojado, tenía un par de cicatrices de las frecuentes guerras con el pueblo vecino, y otra bastante notable en el brazo izquierdo producto de la lucha cuerpo a cuerpo con un pangui al que había ultimado con su cuchillo. Sin embargo, y especialmente por ser muy obediente de los preceptos paternos, siempre que él intentaba acercarse o dirigirle la palabra, ella le daba vuelta la cara, lo ignoraba –o fingía hacerlo- aunque en el fondo de su corazón le hubiera gustado mucho trabar relación con él.
Así fue creciendo en ambos un amor que no podía ser. Él pensaba que ella lo despreciaba como muchas otras personas de la comunidad, y ella pensaba como sería ser amada por este hombre que desataba pasiones en el fondo de su alma.
Y sucedió un día de primavera que él ya no aguantó más. La vio que se dirigía al bosque a buscar leña, y la siguió. Al llegar a un claro, se acercó a su lado e intentó tomarla por la cintura. Pero ella reaccionó rápidamente, y dándole una cachetada que lo dejó paralizado por inesperada, salió corriendo hasta refugiarse en su ruca.
Tan desesperanzado se sintió Nahuelcura, que decidió quitarse la vida tirándose de lo alto de un precipicio que sobresalía a un lado del valle en que vivían. Y hacia allá se dirigió.
Pero Millaray, mujer al fin, a poco de llegar a su casa se sintió arrepentida de haberle pegado, y con el remordimiento a flor de labios volvió a buscarlo.
Justo en el momento en que él, parado sobre el borde del precipicio miraba hacia abajo, un pillán que andaba por ahí lo observó, y adivinando lo que estaba por ocurrir, lanzó un conjuro convocando la voluntad del Futa Chao, logrando que éste decretara la transformación de Nahuelcura en un árbol, que quedó anclado en la montaña con sus profundas raíces. Primero le nacieron las raíces de la planta de los pies, y poco a poco, sus piernas se tornaban tronco y su cuerpo se transformaba en copa.
Desesperada, Millaray se lanzó hacia su amado y abrazada a sus piernas que estaban dejando de serlo para adquirir consistencia de madera, comenzó a lamentarse en voz alta que el eco de la quebrada repetía.
Escuchada su plegaria por el Futa Chao, dispuso transformarla a ella en una enredadera que viviría el resto de su vida abrazada a su amado, para siempre.
Y para festejar la intensidad de ese amor, el Futa Chao la hizo florecer para la época de cada año en que habían ocurrido los sucesos relatados.
Este es, puedo asegurarles, el origen del radal de la mutisia, reina de las flores cordilleranas”.


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