Junior Ñire

En Honor al noble árbol que junto a las Lengas salpican de impresionantes rojos el bosque de la Región del Pehuén.

- Habitación en planta baja, con ventanal de doble vidrio con vista al jardín y bosque de la Hostería.Corazón del Circuito Pehuenia

- Baño con pie de ducha.

- Mullidas Toallas de 650 gramos línea hotelera.

- Una cama Queen con colchón de resortes individuales La Cardeuse línea hotelera.

- Suaves Sabanas de Percal Americano 180 hilos. Frazadas Americanas Oregon.

- Todo el blanco es de la misma calidad de un Hotel 5 estrellas.

- Calefacción central por radiadores de agua caliente en habitación y baño.

- Decoración Patagónica con maderas de nativas, trabajadas artesanalmente.: Ciprés – Roble Pellín – Radal – etc.

Leyenda del Ñire

La lucha de los Pillán, en el valle encantado, y la barba del ñire. Los Lanín antes, en el principio del mundo, eran dos. Los reché conocían el lugar donde nacía y se acostaba Antü. Siempre era bueno. Sabía y veía todo lo que pasaba.
Ocurrió que los mapuches ya se olvidaron de Antü. No le rezaban ni lo recordaban más. Se habían olvidado de hacerle rogativa cada doce meses. Se comían las carecaré y no las despedazaban vivas en cuatro partes mirando hacia Antü, ni tampoco las quemaban. Todo se comían, hasta el corazón, y nada dejaban para los Pillán.
En el Valle Embrujado, que ahora le dicen Encantado, pasó la nütram que voy a relatar. Allí vivían los Pillán. Con rocas de fuego se tiraban. De las cuevas salía el polvo negro que todo lo tapaba. Las piedras ardiendo cruzaban el valle. Tanto era el ruido y el polvo que había, que nada se podía ver. La mapu estaba arruinada. Antü no quería salir a iluminar el campo. Parecía que lo había olvidado.
El espíritu de la mahuida, dueño de la cordillera y del agua, estaba también allí. El Trauco se había subido encima de la montaña y gritaba:
–Voy a bailar sobre las piedras. Te voy a tirar con las rocas del volcán. Y ahí comenzó la batalla. Los dos tenían espíritus que los ayudaban, que hacían ruido y gritaban.
El Huesha Cüref Huecufü era el otro diablo, que siempre perjudicó a los hombres y a los animales. Quería pelear con el Trauco y entonces hizo que se largara la tormenta con todos los espíritus y comenzó a rugir y aullar.
Ocurrió entonces que la montaña azul, que era muy alta y estaba cubierta de hielo, empezó a darse vuelta para afuera. Tiraba de todo: barro, lava, fuego, humo. Las aguas congeladas empezaron a hervir. Los Pillán lanzaban rocas de un lado para otro. Tronaban los volcanes y los rayos iluminaban el cielo. Mientras tanto, Antü dormía.
Los animales escapaban para todos lados. No hallaban dónde guarecerse. Volaban las piedras ardientes y las lengüetas de fuego hacían que fuera de día. La tierra se partía y por los huecos caían ardiendo los animales y los árboles. En aquellos tiempos, el huencu era fuerte como un árbol, pero se lo tragó la tierra ardiente. Algunas plantas se agarraban de las piedras para sostenerse y así quedaron. Otras se colgaban de los árboles y todavía no quieren dejarlos. Así nacieron las plantas trepadoras. En el caso producido por la lucha murieron árboles y animales.
El hielo hervía, las rocas chorreaban fuego y lava, el agua corría por todos lados. Todo cambió de lugar. Unos cerros se encimaron a otros. Se tragó la tierra muchas montañas y donde había un río nació un lago.
Y ahí empezó a tambalearse el Huesha Cüref Huecufü, porque su enemigo, el feroz Trauco, tenía mejor puntería. Una enorme roca venía despeñándose y rodaba hacia el abismo, arrastrando al Pillán. Así perdió apoyo y empezó a caer. Estaba solo, sin sus espíritus auxiliares. Rodaba y no se podía asir de la montaña. Los enormes brazos no se podían agarrar de nada. Ni de las salientes rocosas se prendía, porque todo ardía y quemaba. Todo había sido incendiado por el Huesha Cüref Huecufü.
Ya caía al abismo cuando lo salvó su barba. Era larga, larga como de mil metros. Cuando caía se iba enredando entre los abrojos y las enredaderas. Eso era abajo, donde había poco fuego. Arriba los rayos saltaban entre las tromü. El odio de los Pillán arde siempre como un fuego que no se extingue. El Trauco le estaba ganando al Huesha Cüref Huecufü, que caía y no hallaba de dónde prenderse. Pero un árbol de raíces muy fuertes que había crecido entre las rocas sujetó su barba. Era el ñire que se había apretado contra una ladera. Cuando ya caía, se salvó. Como un lazo era la barba.
Entonces habló el Cüref Huecufü.
–Te dejo mi barba para que te proteja. Donde esté el ñire no entrará mi lengua ni gastará esa mahuida. Ni el hielo ni la nieve van a quebrar tus ramas.
Así, de agradecido, el Cüref dejó su ünohua al ñire. Del tronco o de las ramas cuelga siempre. Es verde y tiene codai. Se llena de florcitas blancas y perfumadas durante el hue tripantu. Brilla y se pone fuerte en el antü tripantu. Empieza a aflojar y a ponerse oscura en el chomünguen, cuando caen las hojas. Se vuelve gris durante el puquem. Siempre se ve al ñire con su barba. Es el único que tuvo el honor de recibirla. El Cüref lo acaricia cuando pasa, porque se acuerda de que por él todavía vive.


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