Junior Coihue

En honor al hermoso bosque que tenemos dentro del predio de la Hostería y sobre la costa del Lago Alumine sobre el que se desarrolla Pehuenia.

- Habitación en planta alta, con ventanal de doble vidrio con vista al lago Alumine, corazón de Villa Pehuenia.

- Baño con pie de ducha.

- Mullidas Toallas de 650 gramos línea hotelera.

- Una cama Queen con colchón de resortes individuales La Cardeuse línea hotelera.

- Suaves Sabanas de Percal Americano 180 hilos. Frazadas Americanas Oregon.

- Todo el blanco es de la misma calidad de un Hotel 5 estrellas.

- Calefacción central por radiadores de agua caliente en habitación y baño.

- Decoración Patagónica con maderas de nativas, trabajadas artesanalmente.: Ciprés – Roble Pellín – Radal – etc.

Leyenda del COIHUE Y EL ARRAYÁN (Ollomamul)

Desde hace muchas generaciones, de padres a hijos se ha contado la historia de estos dos árboles tan típicos de la región andina. Forma parte de nuestro acervo cultural, ya que desde muy niños hemos escuchado a nuestros mayores repetir, casi sin variaciones, la explicación de cómo sucedieron los hechos.
Hace mucho tiempo, muchísimas lunas atrás, vivía en la zona de los lagos una familia compuesta por el padre, la madre y dos hijos. Éstos eran muy distintos, tanto físicamente como en su personalidad.
El mayor era de apariencia física débil, de tez bastante pálida, más bien pequeño de tamaño, y muy reflexivo. Amaba la contemplación, y era un hombre muy paciente. Solía cazar al acecho, esperando horas quieto a su presa, pues explicaba que la astucia era la mejor arma para ser exitoso en la vida.
El menor, en cambio, era impulsivo, atropellado e impaciente. Le gustaba la guerra, era un destacado cona dentro de la comunidad, y al ser agresivo era frecuentemente el iniciador de discusiones y peleas. Solía recurrir a la chicha, y cuando bebía se ponía más camorrero que lo que era habitualmente. Durante su adolescencia se había desarrollado rápidamente, hasta ser muy corpulento, lo que le confería aires dominantes entre sus iguales.
Tantas diferencias entre los hermanos eran motivo de frecuentes disputas, pues poco era lo que compartían tanto en su manera de encarar los asuntos de la vida diaria como en su pensamiento. Más de una vez llegaron a agredirse físicamente, ocasiones en que, naturalmente, el mayor salía lastimado. Pero él no se quejaba, simplemente decía que el tiempo le daría la razón, y esperaba a que ello ocurriera.
Sus padres padecían, apoyados en una gran fe en los dioses, esta situación con resignación desde que sus hijos eran pequeños.
Pero a medida que fueron creciendo hasta hacerse ya hombres, las riñas eran cada vez más frecuentes, al punto e hacer muy dificultosa la convivencia con los retoños.
Hasta que ocurrió una de las tantas peleas entre los hermanos, tan grave que ambos terminaron con heridas.
Decidieron entonces los padres recurrir al Futa Chao haciéndole una ofrenda y rogándole que los ayudara a solucionar el problema entre hermanos, que cada día amenazaba con agravarse.
Recibidas las plegarias, Nguenechén tomó nota, y, preocupado decidió hacer algo escarmentador: bajó a la tierra, y enfrentando a los hermanos intentó pacificar la convivencia. Pero ambos, convencidos de sus respectivas actitudes, no fueron capaces de acompañar los deseos del Creador.
Fue en ese momento que el Dios decidió aplicarles un castigo ejemplarizador.
Levantando sus manos por encima de su cabeza, dio una orden fulminante: ambos debían convertirse en árboles, que conviviría uno cerca del otro, pero al estar arraigados no podrían volver a agredirse. Al mayor lo convirtió en un bonito ollomamul y al menor en un coihue.
Como es sabido, frecuentemente se los encuentra juntos. Pero las diferencias entre ellos han subsistido. El arrayán es de crecimiento muy lento, paciente, frío. Tarda miles y miles de años en alcanzar corpulencia. El coihue, en cambio, es de crecimiento mucho más rápido, impetuoso, y mucho más corpulento.
Frecuentemente, un coihue brota de entre las raíces del ollomamul y en su crecimiento vertiginoso lo tuerce o lo inclina, lo sobrepasa en tamaño y energía. Pero el arrayán permanece inmutable, espera, y finalmente el coihue termina su vida, dejándolo vivo al primero, que sigue inmutable, viviendo sus miles de años.
Es el premio a la paciencia. Es la victoria de una conducta reflexiva sobre otra impulsiva.
Nguenechén así lo ha querido.


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